Mina de sal y aguas medicinales
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| Antonio Espinosa de los Monteros y Abadía |
El profesor farmacéutico, Don Joseph Belilla, fue el primero que miró y analizó las aguas de manantiales que vamos a tratar.
Por
entonces, el rey Carlos III tenía el deseo de conocer las virtudes de
estas aguas y encargó lo necesario para conocer la utilidad de tal
descubrimiento. Para ello, se iniciaron experimentos en el manantial de
la fuente de Aranjuez.
El monarca mandó publicar
un escrito donde todos los profesores pudieran descubrir las propiedades. Había que hacer un ensayo
metódico, que sirviera como norma a seguir y que diese a conocer los
perjuicios de algunas aguas amargas en España. A veces, resulta que la falta de
conocimientos físicos hace que el ser humano se prive de remedios simples que
ofrece la naturaleza.
Por tanto, se hizo un estudio para saber los beneficios, dosis e indicaciones de las aguas y sales de Aranjuez. Se basó en autores anteriores que ya hablaban de las sales neutras y las aguas minerales (sobre todo amargas). Igualmente, se apoyó en muchas observaciones hechas por los primeros médicos de la corte, que habían experimentado con la sal y el agua de Aranjuez en más de 3000 personas de todas las edades, clases sociales, hospitales, etc.
El
lugar donde se encontraba la fuente medicinal de Aranjuez está reflejado en una estampa
de Francisco Sabatini. Para hacernos una idea, podemos decir que había unos
cerros conocidos como “Los Cerros de la Salinilla de Alpajés”. Parten desde “El
Pozo de la Nieve” hasta Sotomayor. Estos cerros se sitúan a la parte
meridional de la calle de la Reina (ubicación 40°02'08"N 3°34'20"W).
Un pequeño puente servía para cruzar el Caz de las Aves. Prácticamente se encontraba frente a la misma fuente. Los enfermos lo usaban para llegar a ella, aunque no se hubiera concebido para este uso.
El
manantial que alimentaba la fuente amarga medicinal estaba en una de sus
cañadas, y muy cerca, había otros bajando hacia la falda de los cerros.
| Entrada a la mina, 2012 (foto Tomás Ruiz) |
Por
aquellos tiempos del
siglo XVIII, las aguas se dividían en minerales y comunes. A su vez,
estas lo hacían en celestes (lluvia, para las plantas) y terrestres (ríos,
fuentes, pozos, etc. para los hombres).
Para que las aguas pudieran ser utilizadas por el ser humano, debían ser transparentes y no tener olor, sabor ni color.
La sal descubierta en Aranjuez tenía ciertas propiedades, que le daban en el ámbito médico una preferencia respecto a todas cuantas se producían por entonces. Incluyendo la de Vacía-Madrid, muy alabada en el extranjero.
En una cañada cercana a los manantiales, formada por los cerros de la Salinilla de Alpajés, abundaba de tal manera esta sal amarga cristalizada que se podían extraer muchos pedazos de 2 y 3 arrobas. Algo singular y único en su especie.
| Entrada a la mina, 2012 (foto Tomás Ruiz) |
Después de hacer más de 20 experimentos químicos sobre el manantial de Aranjuez, se concluyó que:
“A
simple vista, las aguas no tienen materias metálicas, ni desprenden olor.
El sabor es amargo, pero agradable al paladar. Son purgantes.
Los contenidos que se encuentran en ellas son sales neutras semejantes a la
sal de Glauber, pero las supera en propiedades, facilidad de uso y efectos.
Son sales muy cómodas de usar en medicina y es preferible utilizar el
agua de Aranjuez a la disolución de su sal en agua”.
Fue
un remedio muy utilizado en la medicina de entonces. Se usaba para
curar enfermedades como tercianas, cólicos, ictericia, hidropesía, asma, vahídos,
dolores de cabeza, diarreas, lombrices, etc.
| Entrada a la mina, 2012 (foto Tomás Ruiz) |
Uno
de los problemas que
se presentaban era mantener y conservar las virtudes de este tipo
de “aguas medicinales” en el transporte a largas distancias. Pero la de
Aranjuez tampoco tenía tal inconveniente. Podía conservarse por muchos días y
meses…
Fuentes e Imágenes que no son propias:
Fotografías facilitadas por
Tomás Ruiz Cabrera
Doctor Juan Gámez: “Ensayo
sobre las aguas medicinales de Aranjuez, 1771“


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